VIVIENDO EL CAMBIO Y LA TRANSFORMACIÓN

En medio del que sería mi primer viaje misionero real, en donde viviría por más de 1 semana en una ciudad en donde mi único propósito era servir y disponerme a escuchar, aprender y esperar. Me encontré con cientos de barreras que por momentos me hacían sentir menos o fuera de lugar, que por momentos me hacían sentir incapaz de seguir adelante y de luchar por más.

Perdiendo el control de la situación, de lo que sucedía a mi alrededor y de todo lo que podría afectar mi presente. Me sentía impotente y a la deriva, me sentía dependiente y con necesidad de más, me sentía como el león que camina con la lengua afuera, sediento y con ganas de más. Deseoso de más y de adquirir el control de la situación, de ponerme a cargo y de entender cuando y donde tendría un lugar en el que pudiera asumir mi rol regular, en donde pudiera actuar de manera natural y libre. 

Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu. 2 Corintios 3:18

En donde pudiera expresarme en plenitud, conseguir darme cuenta que conforme habían pasado los años no había hecho mas que como el perro que camina atado a una cuerda, dar vueltas y vueltas hasta quedar al punto de ahorcarme y morir de axfisia. Inmerso en mi realidad, confrontado por mi presente y queriendo buscar una salida, que me permitiera cambiar mi futuro. 

Me inscribí a cientos de foros emocionales y motivacionales en donde aparentemente escucharía a una persona que habiendo vivido todo había llegado a conseguir el status quo. En ellos se prometía que la receta para llegar a este status quo estaba dentro de mi, dentro del pensamiento positivo, en la relajación, en las energías y en el universo. En general estaba en general en lugares que no podía ver o percibir, involucrando creer y volver a la fe que los católicos o musulmanes profesan, pero en un punto de convicción diferente, en este caso el punto de convicción era yo.

Que el Señor los lleve a amar como Dios ama, y a perseverar como Cristo perseveró. 2 Tesalonicenses 3:5

Confundido entre esta nueva percepción y en la poco acertada idea que me vendían oradores aclamados por cientos de personas como yo, llevado por el ánimo de mi alrededor probé cada una de las que el coach de cada clase mencionaba a recomendación. Sin embargo, en cada una de ellas no encontraba más que amuletos y sujetos en los que depositar mi fe y confianza. Desesperado, sintiéndome solo y desanimado opte por volver a revisar la que era mi última opción, Dios, El que había llevado a formar convicciones tan sólidas que había sido el nombre y el argumento base por el que hombre había enfrentado cientos de guerras. Que había sido el nombre usado para construir los imperios más grandes y duraderos de la historia.

Buscando argumentos y palabras para crear en mi mente debates mentales, lei la biblia por primera vez en años, ore según las indicaciones que cada maestro me daba y puse mi esperanza en alguien diferente, porque en mi persona solo había encontrado límites y obstáculos. Sorprendido en Dios, encontré descanso, encontré ánimo para continuar inclusive en la dificultad que vivía. Encontré transformación y un cambio en todo lo que hacía.

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